martes, 22 de marzo de 2011

Paradojas de nuestra arquitectura

La compleja simplicidad que define el hábitat pitiuso tradicional sorprende por unir dos conceptos aparentemente antitéticos, complejo y simple, pero que en nuestra arquitectura son indisociables. Trataré de explicarme, pero antes quiero decir que al hablar de la habitación en nuestra arquitectura no me refiero únicamente al habitáculo o espacio que habitamos, sino también al modo-de-habitar, en tanto que fuente de hábitos, usos y costumbres. Y es que no sólo nos interesa la casa como vivienda, sino también el modo-de-vivir en ella. Hablamos, en resumidas cuentas, de la estancia y del modo-de-estar. Dicho esto, podemos entrar en harina.
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Desde el punto de vista constructivo, un rasgo determinante de nuestra edilicia es, efectivamente, la simplicidad entendida como minimalismo, como estricta estrategia reductiva que, al construir un edificio, se queda con aquello que es esencial para conseguir, en medio de la naturaleza –espacio exterior, es decir, abierto–, un ámbito interior, un habitáculo cerrado que nos proporcione aislamiento, protección y abrigo, algo que se consigue de la manera más sencilla con cuatro paredes y un techo: así nace una arquitectura estrictamente ortogonal que tiene su arquetipo o modelo ejemplar en el cubo, unidad modular que adquiere un protagonismo absoluto, no en vano conforma la casa por adición de tantas unidades o cubos –tantas habitaciones– como exija la familia que ha de ocuparla. De aquí que el casament eivissenc sea un racimo de casas –ses cases, como decimos en Ibiza–, un todo plural pero interdependiente que no se entiende sin la perfecta correspondencia y convergencia de todas sus partes. De ahí que podamos hablar de sa casa de baix, sa casa de dalt, sa casa de cuinar, sa casa de lleure, sa casa des vi, sa casa de s´oli o sa casa des carro. Según fueran las circunstancias, en ocasiones, las habitaciones podían incluso personalizarse y así podía hablarse de sa casa des güelo, sa casa de sa tia vella o sa casa de sa padrina.
Y al decir esto ya vemos que la simplicidad constructiva a la que aludíamos no puede entenderse como simpleza, ingenuidad, improvisación o facilidad. Contrariamente, la simplicidad de nuestra edilicia es esfuerzo por esencializar, compendiar, sintetizar y estilizar. En la arquitectura ibicenca, simplicidad significa atender a criterios de utilidad, es decir, a lo que en la habitación es imprescindible o necesario. Se trata, en definitiva, de suprimir todos aquellos elementos que resultan ornamentales o excesivos. Pero este esfuerzo reductor exige abstracción. Y abstraer es excluir, sustraer o prescindir, algo que sólo se consigue después de un largo proceso en el que el payés, de generación en generación, va corrigiendo sus propios errores y adoptando en cada caso, entre todas las alternativas posibles, la más eficaz. Detrás de cada solución constructiva, en la arquitectura pitiusa, hay un dilatado recorrido, una experiencia secular.
Aquí viene a cuento recordar el buen hacer de Vicent Ferrer Guasch, pintor ibicenco que supo captar como pocos, valga la redundancia, la ibiceidad. Y que precisamente eligió nuestras arquitecturas, por su minimalismo formal y por sus blancos, como pretexto de sus lienzos. Recuerdo que no se cansaba de repetir que sus mejores cuadros –los más difíciles de plasmar y que resumían todo lo que había aprendido en muchos años– eran aquellos que parecían más sencillos, aquellos en los que conseguía una mayor reducción, hasta el punto de dejar las paredes desnudas con su alquímico juego de sombras en las que, sorpresivamente, queda atrapada la luz. Es la misma abstracción que ofrece la poesía si se la compara con cualquier otra forma de escritura: el poeta trata de decirnos lo que quiere decir con un mínimo de palabras, con las estrictamente necesarias. Es lo que hace nuestro payés-constructor cuando levanta su casa: eliminar lo superfluo, aquello que sobra. Esta es la razón de que se subraye tanto la funcionalidad de nuestra arquitectura, el hecho de que no haya en ella ningún elemento, por pequeño que sea, que no tenga su porqué y su para qué, su razón de ser. Y de aquí, también, que arquitectos de reconocido prestigio como Broner, Sert o Le Corbusier, con años de experiencia a sus espaldas, se asombraran de la perfección de una arquitectura que responde de manera estricta a la medida humana. Pero el carácter paradójico del hábitat pitiuso no se queda sólo en su compleja simplicidad de la que venimos hablando, sino que se da en otros muchos aspectos.
Nuestra arquitectura, por ejemplo, es asimétrica en su volumetría, aparentemente caprichosa, conformada por una secuencia que nunca se repite de cubos adosados de distintas alturas y tamaños que se acoplan al dictado de la necesidad sobre una topografía irregular, pero, eso sí, manteniendo siempre la proporción, la unidad de escala y, en resumidas cuentas, la armonía. Es una arquitectura, por otra parte, que viene definida por su cerramiento –sólo vemos mínimos ventanucos en sus muros–, pero que permanece abierta como ninguna otra a futuras ampliaciones. Es una edilicia en la que domina la masa que en su enjalbiego se significa como un faro en el paisaje, pero que se integra de tal manera en su entorno que parece haber estado siempre donde ahora la vemos. Es una arquitectura, en fin, de extrema rusticidad y que, sin embargo, sorprende por su escultórica plasticidad. Y así podríamos seguir porque las paradojas no se acaban. Hasta aquí, sin embargo, sólo hemos hablado de la casa en tanto que habitación. Nos queda por ver las que presenta como espacio habitado. Cualquier otro día nos asomaremos a las paradojas de sus interiores.


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